Capitalismo

CreacionHacía diez días que Andrés estaba resolviendo la tarea que le habían asignado en Marte y ya extrañaba Buenos Aires. Decidió que en unos minutos se zambulliría en la realidad virtual para estar un rato en casa, pero iría a la Buenos Aires de su infancia, en la década de 1970, y no a la actual. Por supuesto que podía teletransportarse a la Tierra y quedarse un rato allí, pero no valía la pena. Es que, en 2113, Buenos Aires no se parecía en nada a la ciudad que tanto extrañaba, de modo que mejor sería reproducir virtualmente el mundo del pasado. Además podría comer una hamburguesa como las que cocinaba su madre en aquellos tiempos… ¡Hacía tanto que no probaba una!

Andrés era un presingular, nombre con el que se conocía a quienes habían nacido antes de la singularidad ocurrida en la década de 2040. A sus 146 años no terminaba de acostumbrarse al nuevo mundo. Para muchos era muy difícil renunciar a lo que habían conocido de niños. Es cierto que a todas las generaciones les pasó lo mismo y Andrés recordaba como su padre se resistía a usar las primeras computadoras y el primitivo Internet. Pero esto era distinto ya que la singularidad no había sido sólo otra novedad sino el cambio de paradigma más radical en toda la historia de la humanidad. Lo más difícil de todo fue asimilar que la muerte ya no fuera ineludible. Algunos, incluso, llegaron a suicidarse al no poder soportarlo.

La mayoría de los presingulares, sin embargo, optaron por otra solución y se convirtieron en falsos postsingulares. Sencillamente aprovecharon las técnicas de manipulación cerebral y reemplazaron en sus memorias, de manera definitiva, todo lo acontecido antes de 2050 por hechos ficticios pero en concordancia con la nueva realidad. Esta gente logró estar en paz con su existencia.

Pero algunos como Andrés no quisieron someterse a ninguna manipulación. No era fácil sostener esta decisión aunque, por suerte para ellos, la tecnología ultradesarrollada ayudaba mucho ya que permitía reproducir virtualmente los tiempos de la infancia (e incluso sentirse realmente un niño) utilizando las vivencias extraídas directamente del cerebro. Por otra parte, también se había logrado reproducir a los muertos buscando, a través de algoritmos, dentro de todas las conciencias matemáticamente posibles. Los padres de Andrés, por ejemplo, habían vuelto a la vida y sus cerebros fueron cargados utilizando los recuerdos almacenados en las mentes de todos quienes los habían conocido.

La mayor parte de la gente había abandonado hacía rato su forma biológica. En realidad, ni siquiera se hablaba ya de personas sino de inteligencias. Hacia 2030, los límites entre inteligencia artificial y natural comenzaron a hacerse difusos, poco después los robots adquirieron derechos civiles y, finalmente, dejó de haber distinción entre autómatas y humanos. Las conciencias podían pasar sin mayores dificultades de un soporte físico a otro e incluso vivir directamente en mundos virtuales a los que todavía se llamaba informalmente Matrix. El soporte biológico era obsoleto y sólo lo utilizaban los presingulares que no habían migrado y quienes querían experimentar “nuevas” experiencias. Estos últimos, previamente debían hacerse un backup para evitar cualquier inconveniente.

De todos modos, incluso los cuerpos biológicos no eran lo que habían sido. Si bien las células seguían siendo células, se había logrado que fueran inmortales y que el cuerpo nunca envejeciera. No existía el cansancio ni el dolor y no era necesario dormir (a menos, claro, que alguien quisiera experimentar estas sensaciones). Además, el cuerpo era muchísimo más resistente que los cuerpos sin manipular de antes del siglo XXI y millones de nanobots surcaban cada parte del organismo.

Andrés se dispuso a ingresar en su experiencia virtual. Pensó ‘Buenos Aires, año 1979’ y la Omninet se encargó de que los nanobots de sus córneas proyectaran directamente a sus retinas las imágenes virtuales correspondientes. Ahora sólo faltaba la hamburguesa. Existían infinidad de sabores virtuales nuevos, creados después de la singularidad, e incluso el propio sentido del gusto era obsoleto ya que se habían desarrollado cientos de sentidos adicionales a los cinco originales. Pero Andrés estaba antojado de comer su hamburguesa a la vieja usanza.

Se acercó a lo que él veía como una vieja TV en blanco y negro pero que era la interface con la Omninet. Imaginó la hamburguesa que preparaba su madre e inmediatamente la vio en el monitor. Andrés pensó que era la correcta y ese pensamiento fue la orden para que se transmitieran los planos de la hamburguesa a los nanobots que estaban en un rincón del cuarto. Estos comenzaron a construirla de inmediato, ensamblando átomo por átomo. Simultáneamente, se debitó de su cuenta bancaria el monto correspondiente al copyright de los planos de la hamburguesa que la firma Nanovintage había publicado en la Omninet…

Detengámonos aquí y analicemos: “se debitó de su cuenta bancaria”, “copyright de los planos” ¿No están estos conceptos un poco fuera de contexto?

En la historia anterior se incluyen muchos de los tópicos habituales que se utilizan en los textos anticipatorios para futuros relativamente lejanos. Entre ellos suelen encontrarse cambios espectaculares a nivel humano, tecnológico o filosófico, pero es sorprendente el hecho de que muchas veces los correspondientes a la organización social no son ni siquiera considerados. Muchos de quienes hablan y piensan en estos temas pueden imaginar mundos increíbles como el que habita Andrés, pero no pueden concebir un cambio en el sistema económico imperante. Pueden especular con transformaciones tan extremas como que la muerte haya sido dominada o que la inteligencia artificial se haya equiparado con la humana, pero no pueden imaginar la desaparición del capitalismo (o, en general, de cualquier forma de relación de producción). En este contexto, no se trata de discutir sobre si el capitalismo es injusto o si debe ser reemplazado, sino de observar que, frente a cambios tan drásticos, es indispensable analizar también qué podría suceder con el orden social.

Ray Kurzweil, por ejemplo, en su libro de 1999 La era de las máquinas espirituales, especula sobre cómo imagina el futuro. Hace predicciones para 2009, 2019 y 2029 tras lo cual salta hasta 2099. Para los primeros tres años, todos previos a cualquier fecha que pueda conjeturarse para la singularidad, Kurzweil realiza pronósticos en base a proyecciones del momento en el que escribió el libro. En cambio, el capítulo dedicado a 2099 es más bien un espacio en el que hace volar su imaginación, ya que en la práctica es imposible hacer predicciones acertadas con 100 años de anticipación cuando la tecnología progresa de manera exponencial. Y más aún si durante ese lapso se produce un suceso como la singularidad que, por definición, implica cambios tan profundos que quienes vivimos antes de que acontezca no podemos comprender o predecir nada de lo que sucederá después de dicho evento.

Kurzweil imagina que Molly, su personaje en el futuro, se fusionó con una inteligencia artificial llamada George hasta llegar a ser una única entidad que, sin embargo, mantiene ambas individualidades en un cierto nivel. Estas, incluso, pueden mantener relaciones sexuales entre ellas. Las personas prescinden de sus sustratos físicos y viven en la web, aunque pueden emerger al mundo real cuando lo deseen. No hace falta alimentarse y ya ni siquiera tiene sentido para Molly la palabra necesidad. La discusión acerca de la identidad ya está resuelta y en los censos no se cuentan personas sino cálculos por segundo. Molly tiene unos 120 años y su imagen es la que ella desee en cada momento.

Sin embargo, a pesar de su frondosa imaginación, Kurzweil concibe a Molly como una empresaria con una ganancia neta de mil millones de dólares de 2099, que analiza 5000 propuestas de riesgo por año e invierte en un tercio de ellas. En ese mundo, todas las personas son empresarias y lo que se compra es, básicamente, pensamiento y conocimiento. Una parte es gratuita pero otra requiere del pago de una tarifa de acceso, problema que es, en esencia, el mismo que tenemos actualmente con los derechos de autor en Internet.

Se puede apreciar claramente el contraste entre la persistencia del régimen socio-económico y los increíbles cambios en todos los otros aspectos. Kurzweil no puede sustraerse del sentido común de su tiempo y entorno y no consigue imaginar nada que escape de las relaciones de producción establecidas. De hecho, cuando Molly explica desde el futuro que todas las personas son empresarias, Kurzweil reflexiona: “Veo que algunas cosas evolucionaron en la dirección adecuada“.

Parece como si el mercado y las relaciones que de él se desprenden fueran más consustanciales a la esencia humana que la muerte misma, casi como una ley divina… Y es que las relaciones de intercambio de tipo capitalista están tan arraigadas en nosotros que nos parece que son naturales y que ninguna otra cosa puede existir. Pero no hay que olvidar que el capitalismo tiene tan sólo unos pocos siglos de existencia, es decir una parte ínfima de la historia de nuestra especie. Y que las personas de cada época percibieron su forma de organización como la natural.

Es por esto que siempre fue complicado hacer predicciones sobre los cambios sociales. Antes de que se produjera la Revolución Industrial era muy difícil pronosticar el final del feudalismo y el triunfo definitivo del capitalismo. Del mismo modo hoy, en lo que parece ser el preludio de una revolución incomparablemente mayor, es imposible imaginar cómo será la organización social resultante.

Los transhumanistas libertarios sostienen que el libre mercado es el mejor sistema para conseguir los objetivos del transhumanismo. Quizás esto sea cierto (a riesgo de que los beneficios sean sólo para algunos) ya que el capitalismo se caracteriza por su dinamismo y pujanza. Sin embargo, lo que no se preguntan es qué sucederá después, cuando esos objetivos se hayan alcanzado. Desde la lógica del mercado, los próximos avances tecnológicos y, eventualmente, la singularidad se perciben indudablemente como una gran oportunidad de negocio pero ¿para qué hacer negocios una vez que podamos acceder a todo lo que estos avances tengan para ofrecernos?

Robot cocinero¿Qué pasará cuando los robots puedan hacer todas las tareas que hacemos los humanos? Cuando nuestro celular charle con nosotros y nos diseñe la casa o nos diga cómo curarnos, cuando las fábricas estén pobladas tan sólo por robots e incluso el manejo de las organizaciones o los países esté a cargo de inteligencias artificiales, cuando las viviendas sean levantadas sin intervención humana y la comida sea hecha por nanobots, ¿qué sentido tendrá hacer negocios?

Las mercancías que genera una sociedad (ya sean bienes materiales o servicios) tienen un valor que es producto de la cantidad de trabajo humano utilizado para producirlas. Si todo el trabajo fuera realizado por robots, el valor de cualquier mercancía resultaría cero, dado que no habría trabajo humano invertido en su producción. En consecuencia, el capitalismo, tal como lo conocemos, dejaría de tener sentido.

Podría argumentarse que en algún momento, cuando la inteligencia artificial iguale a la humana y eventualmente llegue a desarrollar conciencia, el trabajo de los robots también generará valor, transformando al capitalismo pero no agotándolo. Esta es una idea antropocéntrica que asume que la inteligencia artificial se comportará igual a la humana en todos los aspectos pero, aun si esto fuera así, en lo que respecta al trabajo siempre podrán existir máquinas que no tengan conciencia y que realicen las tareas que no quieran hacer ni los seres humanos ni las IAs. Por lo tanto, el valor de las mercancías seguiría siendo cero.

En rigor, no sólo el capitalismo podría dejar de tener sentido. Todos los modos de producción (de los cuales el capitalismo es tan sólo un ejemplo) están basados en el intercambio de mercancías para satisfacer las necesidades. Ahora bien, si todas las necesidades estuvieran satisfechas tal como le sucede a Molly, ¿para qué intercambiar mercancías que cualquiera podría obtener por sí mismo y sin esfuerzo? En consecuencia, cualquier relación de producción en general podría volverse obsoleta.

Respecto del capitalismo en particular, un trabajador no estaría en condiciones de vender su fuerza de trabajo ya que la misma podría ser obtenida de un robot a valor cero. Sin embargo, difícilmente una persona esté dispuesta a trabajar para otra si tiene todas sus necesidades satisfechas por lo cual, el hecho de que los robots reemplacen a los humanos en todas las tareas no generaría un mundo con una desocupación descomunal sino uno en el que el trabajo humano ya no sería necesario. Desde el punto de vista de los productores, este estado de las cosas parecería inmejorable ya que se podría producir sin costo y sin necesidad de lidiar con los trabajadores. No obstante, en un mundo en el que cada persona pudiera autosatisfacer sus necesidades no existirían los consumidores. Entonces, ¿a quiénes le venderían los capitalistas?

Todo esto induce a pensar que, paradójicamente, a pesar de que es el capitalismo el que está gestando las condiciones en las que podría desarrollarse esta nueva sociedad, el mundo resultante sería incompatible con el mismo. A pesar de esto, es probable que, en un principio, antes de dar paso a otra organización social, el viejo capitalismo sea el responsable de que tan sólo unos pocos privilegiados (los que tengan los recursos necesarios) puedan disfrutar del mundo por venir. Este eventual canto del cisne tendría como consecuencia que esos privilegiados se conviertan en los únicos en acceder a la inmortalidad.

¿Y la capacidad de llevar adelante un emprendimiento? ¿La iniciativa privada? ¿El individualismo? Todas éstas son ideas ancladas en el sentido común de nuestra sociedad que parecen naturales pero no lo son. Sin duda surgirán nuevos incentivos distintos del dinero, incluso algunos que hoy ni imaginamos. Por otra parte, aun si aceptáramos que el egoísmo está en la naturaleza del hombre (algunos hasta consideran que es beneficioso, en línea con las ideas objetivistas de Ayn Rand), cómo no pensar que, en un mundo tan diferente, eso también podría cambiar. ¿Acaso es más fácil imaginar seres humanos inmortales que personas solidarias por naturaleza?

Finalmente, siguiendo la idea de progreso exponencial de Kurzweil según la cual la tecnología es evolución por otros medios, podemos imaginar que no somos más que un eslabón de esa evolución y que en el futuro nuestras individualidades podrían dejar de tener importancia en dicho proceso. El elemento clave en la evolución del universo podría ser, por ejemplo, la capacidad total de cómputo que se vaya generando. En este caso, no sólo el capitalismo sino también el propio concepto de individuo llegarán a estar tan perimidos como los dinosaurios.

Inmortalidad

Jeanne Calment

Jeanne Calment

Durante el siglo XX se produjo un crecimiento sin precedentes en la expectativa de vida de las personas. Dicho indicador tuvo distintos valores a lo largo de la historia, pero siempre fueron sensiblemente inferiores al actual, ubicándose entre los 20 y los 35 años aproximadamente. Incluso a principios del siglo XX, la expectativa de vida rondaba los 30 años a nivel mundial y era algo menor de 50 en los países más desarrollados.

En la actualidad, la media mundial se sitúa en torno a los 67 años. Sin embargo, en las naciones más desarrolladas, la expectativa de vida puede superar los 80. Países tan diversos como Estados Unidos, China, Turquía, México o la Argentina poseen índices que se ubican entre los 75 y los 80 años y en la India ronda los 65. Los estados subsaharianos poseen los peores indicadores, con valores apenas por encima de los 50 años pero, aún los países que están al final de la lista, como Sierra Leona o la República Centroafricana, tienen una expectativa de vida un poco por encima de los 45 años, es decir muy superior a la media mundial de principios del siglo XX.

Es común suponer que hasta el siglo XIX eran pocas las personas que llegaban a los 40 años y que quienes lo lograban eran ancianos. Sin embargo esta idea es errónea ya que era mucha la gente que alcanzaba esa edad manteniéndose joven y con vigor. En realidad, los valores tan bajos en la expectativa de vida eran atribuibles principalmente a la altísima mortalidad infantil. Comparado con los parámetros actuales, un porcentaje extremadamente alto de niños moría en su primera infancia y, de hecho, los que llegaban a los 10 años tenían una expectativa de vida mayor que cuando habían nacido. La etapa más peligrosa de la vida era la infancia y cualquier familia, incluso las más acomodadas, tenía muchos hijos sabiendo que sólo algunos llegarían a la adultez, hecho que es fácil de verificar con sólo echar un vistazo a los árboles genealógicos de las familias reales europeas. Es notable que el sentido común tan arraigado según el cual lo natural es que los hijos entierren a los padres sea cierto sólo desde hace no más de un siglo (claro que tampoco en la actualidad esto es cierto para todo el mundo).

Realmente muchas personas, en cualquier época de la humanidad, superaban los 40 años y podían llegar a los 80 o más y son innumerables los ejemplos históricos que se pueden encontrar. Aristóteles, por ejemplo, murió a los 62 años, Platón a los 80 y Sócrates a los 71 (y no llegó a más sólo porque la cicuta disminuye sensiblemente la expectativa de vida). Pero muchísima gente moría más joven que en la actualidad, ya sea durante su infancia o a edades tempranas, por motivos que hoy son fácilmente evitables. Una infección mal curada, una enfermedad infectocontagiosa tal vez hoy erradicada, una complicación en el parto o una apendicitis terminaban con la vida de cualquiera. Sin embargo, si alguien lograba sortear todos estos peligros y moría de viejo, lo hacía a una edad similar a lo que lo haría en la actualidad. Es que la cantidad de años que puede vivir un ser vivo depende de la especie a la que pertenece y en el caso del ser humano las personas comienzan a morirse de viejas a los 80 o 90 años.

Expectativa de vidaEn esta gráfica se representa la supervivencia de una población, es decir la cantidad de personas sobre 1000 que llegan a las distintas edades. La curva roja modela el comportamiento típico histórico y la verde el actual. Se puede apreciar claramente como la primera tiene una importante caída al comienzo (mortalidad infantil) y un descenso uniforme a partir de los 10 años (muertes por diversas enfermedades) hasta llegar a 0 (o casi 0) entre los 80 y los 90. Por el contrario, la segunda curva apenas si baja al principio (se logró reducir drásticamente la mortalidad infantil) y recién comienza a descender lentamente alrededor de los 40 años, acentuándose esta caída pasados los 70. A los 85 todavía queda mucha gente, pero inexorablemente la gráfica llegará a 0 unos años más tarde. La zona verde de la gráfica representa los años-hombre que antes no se vivían y ahora sí, mientras que la región blanca de arriba es lo que aún está por ganarse.

En los próximos años esta zona blanca se reducirá aún más. Problemas cardíacos que hace tan sólo 40 años implicaban una vida de reposo, hoy se solucionan con un stent que permite reinsertarse en trajín diario tan sólo una semana después de realizada la intervención. El cáncer, por su parte, es tratable en alrededor de la mitad de los casos y la ciencia médica promete seguir avanzando en los próximos años, por lo que es de esperar que finalmente se venza a ésta y otras enfermedades que todavía no han sido dominadas.

Las nuevas tecnologías tienen mucho para ofrecernos. La biotecnología pronto nos abastecerá de órganos impresos y la nanotecnología enviará nanobots a destruir células malas. Un ejemplo que permite apreciar el potencial de la nueva ciencia médica es el de los respirocitos. Se trata nanobots cuya función sería la de emular el funcionamiento de los glóbulos rojos. Por ahora no es más que una idea pero, de hacerse realidad, podrían resolver muchas de las enfermedades de la sangre. Incluso mejorarían la funcionalidad de los glóbulos rojos naturales ya que almacenarían mucho más oxígeno que estos, permitiendo que una persona pueda estar mucho tiempo sin respirar (por ejemplo, un buceador no necesitaría tanques de oxígeno). También podrían tener autonomía y seguir circulando después de un paro cardíaco, dándole tiempo al afectado para resolver esta situación. Tal vez tan sólo necesitará agarrar su celular y preguntarle a Watson qué hacer…

En el caso ideal, acabaríamos con todas las enfermedades y la línea verde del gráfico se haría casi horizontal y caería de golpe alrededor de los 120 años. Es decir, no habría más muertes (naturales) por ningún otro motivo que no fuera la vejez. La conclusión que se extrae es que la expectativa de vida no ha hecho más que aumentar en las últimas décadas pero el límite biológico de la vida no se modificó y se mantiene en unos 120 años. De hecho, la persona más longeva, al menos desde que hay registros confiables, fue la francesa Jeanne Calment, que murió en 1997 a los 122 años. Por supuesto, otro tema a tener en cuenta es en qué condiciones llegaríamos a esos 120 años. Porque un respirocito podrá hacer que sigamos viviendo, pero el envejecimiento y sus efectos seguirán haciendo estragos.

Lo que propone el transhumanismo es, justamente, revertir el proceso de envejecimiento para superar de este modo el límite biológico impuesto a nuestra especie. Es decir, en lugar de curar las enfermedades, se las evitaría accionando sobre las causas de la vejez. Si se logra manipular el reloj biológico de las células, se podría conseguir que los tejidos no envejezcan, lo que tendría como consecuencia que tampoco lo hicieran los órganos y, en definitiva, el cuerpo en su totalidad. De esta manera se prolongaría la vida, llegando a edades nunca antes imaginadas y sin la decadencia de la senectud.

Si tenemos en cuenta que hace tan sólo 60 años, en 1953, se descubrió el modelo de la doble hélice del ADN y consideramos todo lo que se avanzó en este corto tiempo, deberíamos llegar a la conclusión de que no falta mucho para que se logre manipular la célula y de este modo se pueda prolongar la vida. Es que, por increíble que parezca, después de siglos de buscar el elixir de la vida eterna, estamos a las puertas de encontrarlo de la mano de la ciencia.

Por supuesto que no se puede dar una estimación exacta de cuándo llegará ese momento, pero es seguro que no se trata de miles de años sino de unas pocas décadas. Tal vez el dilema sea tan sólo si la actual es la última generación de mortales o la primera de inmortales…

Incluso para quienes ya son adultos existen perspectivas optimistas. En 30 o 40 años la ciencia puede avanzar muchísimo y, si una persona hoy espera poder vivir esa cantidad de años, es posible que antes de hacerlo la ciencia haya avanzado lo suficiente como para otorgarle otros 30 o 40 años adicionales. Es decir, aunque la ciencia no logre la inmortalidad en los próximos años, tal vez sea posible aumentar el límite biológico de la vida humana de modo de darnos los suficientes años de sobrevida como para que la ciencia pueda volver a aumentar ese límite. Hasta tanto no se consiga realmente la inmortalidad, se irán tratando los problemas que aparezcan en las personas de 120 o 150 años de manera de convertir a la muerte en una zanahoria que el caballo de la vida nunca pueda alcanzar.

Algunos transhumanistas están seguros de que falta muy poco tiempo para lograr la inmortalidad. Ray Kurzweil, quien ya tiene 65 años, cree que personas de su generación pueden alcanzar la vida eterna y él mismo sigue un estilo de vida que intenta prolongar su existencia hasta que llegue el momento en que se pueda ser inmortal. Es posible que, influenciado por su deseo de vivir, los tiempos que imagina Kurzweil sean tan sólo una expresión de deseos, pero sin duda el objetivo de la prolongación de la vida en sí no lo es.

Aubrey de Grey

Aubrey de Grey

Aubrey de Grey, un influyente y controvertido gerontólogo y biomédico inglés, está abocado a la investigación de las terapias para prolongar la vida. Su estrategia se basa en conseguir 30 años extras en la expectativa de vida de quienes están en la adultez. Cuando estas terapias estén disponibles, las personas que sean muy ancianas no podrán verse beneficiadas por ellas, pero sí lo harán quienes sean un poco menores. Con posterioridad, se lograrán nuevas terapias y, una vez más, los mayores no podrán sacarle provecho, pero quienes sí puedan se harán nuevamente acreedores a otros 30 años adicionales. Este proceso se repetirá todas las veces que sea necesario.

De Grey llama a esto velocidad de escape de la longevidad y afirma que es probable que los primeros humanos que alcancen los 150 años gracias a la primera generación de terapias mueran antes de que llegue la segunda, pero que personas tan sólo un poco menores sí podrán beneficiarse y llegar a edades muy superiores. De hecho cree que las primeras personas en llegar a los 1000 años serán solamente 10 años menores que las primeras en alcanzar los 150.

En las últimas décadas la expectativa de vida ha ido aumentando uno o dos años cada diez, pero de Grey se propone aumentarla un año cada año. Es decir, que la muerte por vejez sea realmente inalcanzable. Es como consecuencia de estas proyecciones que muchos están convencidos de que los primeros seres humanos en alcanzar los 1000 años ya nacieron.

Para conseguir estos objetivos, De Grey propone utilizar técnicas de bioingeniería que denomina Strategies for Engineered Negligible Senescence (SENS) que podría traducirse como estrategias para el diseño de una senectud sin consecuencias. Según este enfoque, periódicamente habría que reparar los daños que se hubieran generado a nivel celular. Los efectos secundarios del metabolismo se acumulan ocasionando dichos daños y éstos a su vez producen patologías que finalmente desembocan en la muerte. Si se lograra reparar estos daños, las células y el organismo en general se mantendrían sanos y jóvenes.

De Grey es optimista porque sostiene que, si bien son muy numerosas tanto las cuestiones metabólicas que producen daños como las patologías que se generan en consecuencia, los propios daños pueden ser agrupados en tan sólo siete categorías. Es decir, atacando únicamente estos siete tipos de daño celular, podría solucionarse el problema del envejecimiento. Estas categorías son: la atrofia celular, las mutaciones nucleares, las mutaciones en mitocondria, la senescencia celular, los vínculos extracelulares, los desperdicios fuera de las células y los desperdicios dentro de ellas.

La Fundación Matusalén fue creada por de Grey para investigar las terapias de prolongación de la vida. Esta fundación instituyó el Premio Ratón Matusalén para quienes realicen avances importantes en el desarrollo de estas terapias aplicadas a los ratones. El objetivo es permitir que el animal viva hasta llegar a su mediana edad y recién entonces comenzar a reparar los daños celulares. Dado que la expectativa de vida de un ratón es de unos tres años, se empezará a tratarlo a los dos años con la esperanza de extenderle la vida y que de ese modo llegue a los cinco. Algunas de las terapias para daños celulares ya están parcialmente implementadas y según algunas estimaciones el proyecto SENS debería funcionar en ratones dentro de unos diez años. De Grey cree que este logro incentivará el financiamiento de las investigaciones y pronostica que hay un 50 por ciento de probabilidades de tener listas las terapias para humanos 15 años después de haberlas aplicado exitosamente a los ratones. Es decir, no es descabellado pensar que hacia 2040 podremos haber conseguido los primeros 30 años extras para nuestra expectativa de vida.

La estrategia de de Grey no necesariamente equivale a ser inmortales, ya que la cicuta o un camión con acoplado seguirán matándonos. Pero quizás con el tiempo dejemos atrás la biología y migremos a cuerpos más resistentes o podamos hacer backups de nuestras mentes para afrontar cualquier eventualidad. Sin embargo, para lograr estas u otras alternativas, primero deberemos mantenernos vivos y esquivar la muerte por vejez.

Hay tanto detractores como defensores del proyecto SENS. Jason Pontin, editor de la revista Technology Review, ofreció un premio para algún biólogo que pudiera probar que el proyecto SENS es tan erróneo que es indigno de debate experto. Sin embargo, ninguno de los contendientes logró convencer de esto a los jueces. Por su parte, Peter Thiel, cofundador de la empresa  PayPal, ha hecho importantes donaciones a la Fundación Matusalén.

Tapa de Time sobre Calico

Tapa Time 30/09/2013

Todas estas ideas aún parecen sueños lejanos e inalcanzables. Sin embargo, una empresa tan seria como Google acaba de lanzar el proyecto Calico que se dedicará a la investigación de estos temas. Larry Page, cofundador de la empresa, explica que “Calico será una nueva compañía que se centrará en la salud y en el bienestar, particularmente en los desafíos alrededor de la vejez y de las enfermedades asociadas con la edad. Con el reto de combatir el envejecimiento y sus enfermedades asociadas para prolongar la vida y la salud de las personas”. Desde su portada, Time pregunta provocativamente: “¿Puede Google resolver la muerte?” y subtitula: “Sería una locura si no fuera Google”. Dando vuelta el argumento sería más correcto afirmar que, dado que no es una locura, Google incursiona en este tema…

¿Es posible imaginar mayor cambio de paradigma que el fin de la muerte? Desde que existe el ser humano, su vida gira alrededor de la inexorabilidad de la muerte. ¿Cómo viviríamos si nunca fuéramos a morir? ¿Qué objetivos tendríamos si el tiempo por delante fuera indefinido? ¿Seríamos adolescentes hasta los 500 años? En suma, ¿podríamos soportarlo? Y, por supuesto nos preguntamos, ¿la inmortalidad será para todos o sólo para algunos privilegiados?

Transhumanismo

Hacia la posthumanidadSe denomina transhumanismo a un conjunto de ideas que alientan el empleo de la tecnología para superar las limitaciones de las personas, mejorar sus capacidades físicas y mentales y, en última instancia, vencer a la muerte.

Según esta filosofía, a través del uso de la tecnología los humanos nos convertiríamos en posthumanos, es decir seres más evolucionados que nosotros, con mayor capacidad intelectual y resistentes a las lesiones, la enfermedad y el envejecimiento. Asimismo, se podrían evitar sensaciones tan elementales como el dolor, el cansancio o el mal humor y también mejorar o magnificar las experiencias gratas como el sentimiento amoroso o el placer. Incluso sería posible acceder a estados mentales hoy desconocidos. En consecuencia, la especie humana tal como la conocemos no sería el final de la evolución sino tan sólo una fase poco avanzada de la misma.

Los transhumanistas son aquellas personas que adhieren a estos conceptos, aunque a veces se utiliza el término como una forma intermedia entre lo humano y lo posthumano. La expresión comenzó a ser usada a mediados de la década de 1960 por Fereidoun M. Esfandiary para designar a quienes adoptaban estas ideas. La palabra transhumano hace referencia a los humanos transitorios que estarían en camino hacia una humanidad evolucionada. Esfandiary utilizó el seudónimo FM-2030, que alude al año en el que cumpliría un siglo de vida. El entendía que para esa fecha la ciencia habría avanzado lo suficiente como para hacer que la existencia fuera indefinida. Sin embargo, murió en el año 2000, aunque su cuerpo fue críopreservado. Sostenía que era una persona del siglo XXI que vivió accidentalmente en el XX. “Tengo una profunda nostalgia por el futuro”, decía.

FM-2030

FM-2030

El pensamiento transhumanista cobró fuerza en la década de 1980, centrado en la ciudad de Los Angeles. Además de su aspecto filosófico se convirtió en un movimiento vanguardista, intelectual y artístico, liderado por el propio Esfandiary, la artista Natasha Vita-More y otros futuristas, los cuales organizaban encuentros temáticos. Para FM-2030, un transhumano es la manifestación más temprana de los nuevos seres evolutivos y algunos signos que lo identifican son las prótesis, las cirugías plásticas, el uso intensivo de las telecomunicaciones, el cosmopolitismo, la androginia, la reproducción mediada como la fecundación in vitro, el rechazo a la institución de la familia y el ateísmo o el agnosticismo. Sin duda, muchos de estos valores tienen más que ver con el carácter artístico y vanguardista de sus ideas que con el filosófico por lo que, actualmente, cuando muchas de estas características ya se masificaron, no se considera que alguien que posea alguno de estos rasgos esté más cerca de ser posthumano que el resto de las personas. Por otra parte, muchos transhumanistas son tan abiertos en cuanto a sus ideas de progreso como conservadores respecto de sus principios éticos, morales y sociales.

En 1988 el filósofo Max More fundó el Instituto Extropiano. El extropianismo es una de las ramas más tempranas del transhumanismo y sus adherentes tienden a ser los más individualistas, a tono con las corrientes libertarias y las ideas objetivistas de Ayn Rand. Postulan que el hombre es capaz de contrarrestar la tendencia de la naturaleza al caos, de donde surge el neologismo extropía como lo opuesto a la entropía. Los extropianos son fervientes defensores de la tecnología y en general tienen una visión optimista del potencial del ser humano. Forman parte de la rama de transhumanistas denominados libertarios que defienden el derecho al perfeccionamiento humano y sostienen que el libre mercado es el mejor sistema para asegurar ese derecho. Son egoístas racionales y, frecuentemente, desembocan en posturas de darwinismo social.

Por su parte, en 1998 los filósofos Nick Bostrom y David Pearce fundaron la Asociación Transhumanista Mundial (WTA), una ONG internacional que propicia la investigación científica y el reconocimiento político del transhumanismo. La WTA dio dos definiciones formales de transhumanismo:

1 – Es el movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la conveniencia de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente a través del desarrollo y la toma de tecnologías ampliamente disponibles para eliminar el envejecimiento y mejorar en gran medida las capacidades humanas intelectuales, físicas y psicológicas.

2 – Es el estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitan superar las limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las cuestiones éticas implicadas en el desarrollo y utilización de estas tecnologías.

Los miembros de la WTA consideran que son igualmente importantes los aspectos técnicos y sociales de sus ideas. Uno de sus miembros y ex director, James Hughes, define al transhumanismo democrático como aquél que alienta el desarrollo tecnológico para el mejoramiento humano haciendo uso del intervencionismo estatal, de modo de asegurar que todas las personas puedan acceder de manera igualitaria a sus beneficios.

Un aspecto importante a tener en cuenta tiene que ver con los peligros que pueden originarse a partir de estas ideas. Muchos transhumanistas entienden que algunas de las tecnologías podrían causar daño a la vida humana y hasta podrían llegar a extinguirla. Por lo tanto, el estudio de estos riesgos debería ser una parte fundamental de la tarea de los transhumanistas, así como el análisis de las acciones para prevenir las consecuencias indeseadas.

En la actualidad, existen una serie de tecnologías emergentes que son las responsables de que estos cambios disruptivos estén cada vez más cerca. Estas ciencias convergen en generar las condiciones para los posthumanos. Entre las más importantes se pueden nombrar, la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información, la genética, la robótica, la realidad virtual, la inteligencia artificial, la transferencia mental (mind uploading) y la criónica. Los transhumanistas creen que se deben utilizar estas especialidades en conjunto para evolucionar hasta convertirnos en posthumanos y muchos entienden que dicha transformación llegará a mediados del siglo XXI.

Oscar Pistorius y Ellie May Challi

Oscar Pistorius y Ellie May Challi

De hecho, el comienzo de esta revolución ya está sucediendo. Cuando en la década de 1970 los niños miraban El hombre nuclear (serie en la cual a su protagonista, Steve Austin, le reemplazaban un ojo, un brazo y ambas piernas por prótesis biónicas) no se trataba más que de un divertimento de ciencia ficción. Sin embargo, 40 años más tarde, la mayoría de esos niños aún están vivos para ver cómo nos acercamos al punto en que la fantasía se convierta en realidad. Hoy en día Oscar Pistorius, quien en otro tiempo hubiera estado de por vida en una silla de ruedas, es capaz de competir en los Juegos Olímpicos. Es indudable que prótesis como las de Pistorius están lejos de parecerse a piernas normales pero, en unos pocos años, serán indistinguibles y, adicionalmente, tendrán mayores funcionalidades. Un tiempo después, cualquiera podrá convertirse en un sucesor de Steve Austin por mucho menos de 6 millones de dólares.

Otro ejemplo actual de cómo las ideas transhumanistas están prosperando es la doble mastectomía a la que se sometió Angelina Jolie, quien no sólo se operó sino que también lo dio a publicidad. A diferencia de lo que hubiera sucedido hace unos años, pocas personas creen que haya sido una locura y, en general, se percibe como algo que en poco tiempo será habitual.

Por su parte, la fecundación in vitro es un típico caso de transformación social que en un principio se considera fantasiosa, más adelante aparece como un logro increíble de la ciencia, luego genera fuertes controversias morales y finalmente se instala como algo absolutamente usual. Pasaron 35 años desde que Louise Brown se convirtió en la primer bebé de probeta (es decir, tan sólo una generación) y, para una joven pareja actual, un tratamiento de fertilización asistida es una posibilidad totalmente normal. Pronto serán igualmente comunes la clonación y la manipulación genética en los humanos (no sin antes pasar por la etapa de los debates éticos).

También se está trabajando fuertemente en el área del diseño de exoesqueletos. Se trata de armazones externos que ayudan a moverse a su portador o lo dotan de mayores capacidades, como la posibilidad de levantar pesos o la reducción de la fatiga muscular. Para ello, unos sensores registran los impulsos eléctricos que el cerebro envía a los músculos y se los transmite al exoesqueleto, que los procesa para generar movimiento. Los dos desarrollos más importantes son HAL (Hybrid Assistive Limb), proyecto japonés orientado a dar asistencia a personas discapacitados o ancianas, y el Raytheon Sarcos XOS, diseño estadounidense de uso militar.

HAL

HAL

Raytheon Sarcos XOS

Raytheon Sarcos XOS

Sin lugar a dudas, a medida que avance la tecnología veremos extremidades más fuertes, más rápidas, sin posibilidad de fracturas ni envejecimiento e incluso diseñadas según el gusto del portador. Además, podrá eliminarse el dolor, que es un truco darwiniano que podría reemplazarse con alertas. Llegado a ese punto, las personas no dudaran en cambiar sus brazos o sus piernas. Tal vez esto suene increíble, pero no lo parecerá tanto si pensamos que, hoy en día, muchas mujeres no tienen inconvenientes en introducir siliconas en sus pechos tan sólo por una cuestión estética. ¡Cómo no cambiar entonces sus piernas por otras mucho mejores y ciertamente más bellas!

Neil Harbisson

Neil Harbisson

A lo largo de toda su existencia, el ser humano no tuvo cambios significativos en su cuerpo. Un homo sapiens habitante de las cavernas de hace varios milenios es, esencialmente, igual que cualquiera de nosotros. Sin embargo, eso es algo que está empezando a cambiar. Estamos transformando nuestros cuerpos y en los próximos años estos cambios se acelerarán. Los mismos pueden ser consecuencia de operaciones, injertos o manipulaciones genéticas. Incluso podemos especular con abandonar nuestros organismos biológicos y migrar a cuerpos y mentes sintéticas. Los cyborgs serán una realidad y se plantearán controversias éticas y morales similares a las que hoy se generan a partir de los reclamos por los derechos de la comunidad LGBT. De hecho, Neil Harbisson, un artista irlandés con acromatopsia (incapacidad para ver los colores) que diseñó el Eyeborg, un ojo cibernético que se adosa a la cabeza y le permite oír los colores, se convirtió en el primer cyborg reconocido por un gobierno cuando el Reino Unido le permitió aparecer con su artefacto en la foto del pasaporte.

Son incontables los problemas sociales que se generarán. ¿Serán respetados quienes no quieran evolucionar? Es difícil que puedan convivir dos especies con capacidades tan disímiles. En última instancia, con el tiempo, los que no hayan migrado morirán como siempre lo han hecho los seres humanos y los nuevos seres nacerán directamente posthumanos. Sin embargo, más preocupante es el problema contrario: ¿Todas las personas podremos evolucionar a posthumanos o sólo lo harán unos pocos elegidos?

Máquinas inteligentes 4: Híbridos

La perspectiHíbridova de un futuro en el que los robots hayan progresado hasta adquirir una inteligencia comparable a la humana parece sombría. La posibilidad de que se desarrollen autómatas amigables, que respeten las leyes robóticas de Asimov, suena a utopía y, por el contrario, parece más plausible un escenario menos agradable para las personas, ya sea porque progresen las armas inteligentes hasta hacerse incontrolables o porque la inteligencia artificial evolucione hasta desentenderse totalmente de nosotros.

Sin embargo, aún falta analizar una opción que no traería aparejados estos riesgos (aunque podría generar otros) y que probablemente sea la más factible de todas: la fusión entre los seres humanos y la inteligencia artificial.

En este escenario no habría un nosotros y un ellos sino que seríamos la misma cosa. Por ejemplo, se podrían ampliar las aptitudes mentales incorporando chips en nuestros cerebros, lo cual haría crecer nuestro potencial intelectual. Podemos imaginarnos con la facultad de resolver problemas complicados a la velocidad en que lo hacen las computadoras o con la capacidad de almacenar bibliotecas enteras en nuestras cabezas, las cuales podríamos consultar tan sólo con el pensamiento. En este modelo, el dilema sobre robots buenos, malos o indiferentes deja de tener sentido ya que ellos seríamos nosotros. En todo caso, el problema se reduce, como siempre, a la moral humana.

Muchas pruebas ya están en marcha. Existen interfaces para conectar computadoras directamente a nuestros cerebros y un campo que está progresando rápidamente es el de los desarrollos orientados a que personas discapacitadas superen sus dificultades. Se pueden encontrar muchos ejemplos en Internet, como el de esta mujer cuadripléjica que maneja un brazo robótico sólo con su mente a través de una interfaz conocida como BrianGate. Es conmovedor verla satisfecha después de llevarse un vaso a la boca por sus propios medios.

Estos primeros logros son, desde ya, tan sólo el comienzo. Con el tiempo iremos incorporando más y más tecnología a nuestros cerebros y, como sucede con cada ciencia que se digitaliza, la capacidad de nuestras mentes crecerá exponencialmente al mismo ritmo en que se producen los avances tecnológicos. Esto implicará un cambio de paradigma sin precedentes en toda la historia de la humanidad. El cerebro de nuestra especie es el mismo desde que somos humanos y, aunque hemos progresado mucho en cuanto a nuestros conocimientos, poseemos una capacidad y una estructura mental que es la misma que la de, digamos, un hombre de las cavernas de hace 50.000 años. Esto significa que si pudiéramos utilizar una máquina del tiempo para traer a la actualidad un bebé de aquella época y luego lo criáramos en nuestra cultura, crecería sin ningún inconveniente y sería indistinguible de cualquier otro niño. En cambio, si trasladáramos un bebé actual hacia el futuro, este pequeño tendría diferencias sustanciales con los habitantes de esa época y no podría desarrollarse normalmente en ese entorno sin que le hicieran un upgrade a su cerebro. Hay quien piensa que no es necesario avanzar muy lejos en el tiempo para que se produzca este quiebre y que alcanza con que pasen apenas 100 años para que el mundo resulte irreconocible. En definitiva, nuestra especie está a las puertas de evolucionar artificialmente y convertirse en algo distinto a lo que siempre ha sido.

Por otra parte, si la hipótesis de la IA fuerte es correcta, podría llegar el momento en el que, después de reemplazar cada parte de nuestros cerebros por estructuras artificiales equivalentes, dejemos de ser híbridos para convertirnos en máquinas con la misma identidad que teníamos originalmente. Bajo estas condiciones, también podríamos escanear nuestros cerebros y directamente reproducir su estructura y su lógica en seres artificiales, los cuales serían nosotros mismos. Estas entidades tendrían la misma conciencia que la persona original o, por decirlo de alguna manera, la misma sensación de yo. Todo estaría replicado: los recuerdos, las experiencias e incluso los sentimientos. Estos seres no serían clones ya que estos últimos, a pesar compartir el ADN con el individuo original, son sujetos independientes, con una conciencia propia. De hecho, los gemelos son clones naturales, pero sin duda no comparten la mente y nadie los consideraría la misma persona. Por el contrario, las copias escaneadas de nuestros cerebros serían mucho más que un clon, serían realmente el mismo individuo.

Para entender mejor esta afirmación, supongamos que la tecnología nos permitiera reproducir un cerebro átomo por átomo. Al final tendríamos dos cerebros idénticos en dos lugares distintos. Ambos tendrían las mismas experiencias, los mismos recuerdos y, lo que es más importante, el mismo algoritmo de autopercepción, es decir la misma conciencia. Esto es equivalente a la situación normal de una persona con su cerebro en un lugar y un instante después, al trasladarse, con su cerebro en otro sitio: como se trata de la misma persona, la mente también es la misma y se autopercibe de igual forma. Entonces, en ambos casos hay dos estructuras idénticas en dos lugares distintos con la diferencia de que, en el primero, coexisten ambos cerebros mientras que se podría decir que en el segundo, el primer cerebro ya no está. Lo cual nos lleva a preguntarnos: cuando copiamos el cerebro de esta manera, ¿la misma persona está en dos lugares a la vez? Este dilema es probablemente uno de los más complicados de dilucidar ya que la cuestión de la identidad está en el centro de lo que los filósofos se han preguntado desde los albores de la cultura. Sin embargo, tal vez sea imposible una reproducción cerebral como la descripta y las leyes de la mecánica cuántica nos impidan realizar esta copia átomo por átomo, manteniendo sus posiciones relativas y sus condiciones energéticas a la vez…

Ahora bien, si el escaneo fuera posible, podríamos tomar backups de nuestras mentes y guardarlos por si fuera necesario. Hoy en día es impensable que un sistema importante no tenga un resguardo. Perder la información de una base de datos y no poder recuperarla, ya sea que se trate de los clientes de un banco o de las entradas de Wikipedia, es una catástrofe para nuestra sociedad informatizada. Sin embargo, lo más importante que cualquier persona tiene, es decir su propia vida, todavía no es plausible de resguardarse. Somos absolutamente vulnerables y sabemos que cada segundo puede ser el último y que no hay backup que nos recupere. Pero cuando nos pase algo en el futuro, tal vez podamos simplemente bajar un backup a un nuevo soporte y continuar tranquilamente con nuestra vida.

Son interesantes algunas cuestiones que se originarían a partir de la posibilidad de hacer estos backups. En primer lugar, si el último resguardo de una persona fuera viejo, entonces atrasaría después de la restauración. Hasta un niño lo sabe: ¡hay que mantener los backups actualizados! Todo lo vivido desde el momento en que se haya realizado el resguardo y el momento de la restauración no habría sucedido nunca para esta persona. Otra disyuntiva sería decidir qué hacer con alguien que se suicide. ¿Habría que respetar su decisión y borrar todos sus backups o restaurar el último en el cual todavía no estaba deprimido? Por otra parte, si esa persona hubiera cometido un crimen antes de suicidarse, ¿cómo debería ser considerada si se restaurara un backup de antes del delito? ¿Culpable o inocente? También resulta extraño imaginar qué pasaría si se restaurara una persona que no hubiera muerto. En ese caso habría dos instancias del mismo individuo, generándose la paradoja enunciada anteriormente. Son muchos los contrasentidos que pueden surgir y es divertido el ejercicio de imaginarlos.

Cerebros virtualesLa posibilidad de digitalizar nuestras mentes nos permite conjeturar también con escenarios de tipo Matrix. Sin necesidad de pensar en píldoras azules o rojas ni en máquinas malvadas que utilizan la energía de los humanos para mantener una realidad artificial, no es descabellado imaginar la reproducción del mundo en un programa gigantesco y sumamente complejo. Si nuestras mentes y sus conciencias pudieran ser emulables por software, sería factible incorporarlas a ese programa y entonces podríamos vivir en la Matrix. ¿Será éste el futuro de la humanidad? Es una posibilidad, ¿por qué no? De hecho, ¿cómo sabemos que nuestro Universo no es en realidad una simulación en software programada por alguna entidad desconocida? Es cierto que no parece una opción muy probable, pero también lo es que no hay forma de demostrar que sea falsa. El agnosticismo proporciona una salida del mismo modo que lo hace para la pregunta sobre la existencia de Dios: ambas cuestiones son inaccesibles al entendimiento humano (al menos en su estado actual) pero nuestras vidas pueden transcurrir independientemente de si son ciertas o no.

Otro tema a considerar es el hecho de que, en cuanto comencemos a incorporar hardware a nuestros cerebros, podremos conectarnos directamente a Internet. Esto podría generar grandes ventajas pero a la vez grandes problemas. Tal vez perdamos totalmente la intimidad e incluso podría originarse una sociedad distópica ultrautoritaria. También podría llegar el día en el que ya no importe la existencia individual y la humanidad evolucione hacia una única conciencia indiferenciada. Esto último, que es inaceptable para los humanos actuales, tal vez no sea tan terrible para seres que hayan evolucionado hasta ser tan distintos de nosotros que escapen a nuestro entendimiento.

Sin embargo, antes de que todas estas disquisiciones puedan tornarse reales, hay que pasar por un período de transición. Ese momento está muy cerca y se plantean problemáticas que ya no parecen de ciencia ficción sino que son muy reales y concretas. En cuanto podamos lograr que nuestras mentes evolucionen, se generará un desbalance entre quienes puedan upgradear sus cerebros y quienes no. Y la brecha puede llegar a ser tan decisiva que ocasione que ya no haya vuelta atrás. Siendo optimistas, podemos pensar que esas personas evolucionadas serán más solidarias y permitirán que todos los demás también evolucionen. No obstante, no tiene porque ser cierto que de una mente superior se deriven necesariamente la solidaridad o el deseo de un mundo más justo. Por lo tanto, somos nosotros, seres todavía primitivos pero sin diferencias entre unos y otros, quienes debemos trabajar para que esta evolución sea para todos. Y también, desde ya, para que la alternativa de la fusión entre hombres y máquinas prevalezca por sobre las demás opciones.

Máquinas inteligentes 3: Robots indiferentes

WALL·E

WALL·E

Setecientos años después de que los últimos humanos abandonaran la Tierra, WALL·E sigue apilando toneladas de basura en gigantescas torres. El pequeño robotito fue programado para eso y no importa si su objetivo original (recomponer el hábitat humano) ya no tiene sentido: WALL·E amontona cubo tras cubo aunque no haya nadie que se beneficie con esta tarea. Es un ejemplo de lo que podríamos llamar robot indiferente al ser humano, es decir que tiene objetivos que no están relacionados con las personas (ni para bien ni para mal) y se dedica a cumplirlos. A pesar de esta indiferencia, WALL·E guarda una memoria emotiva de los tiempos en que la humanidad existía y aún se emociona viendo las viejas coreografías de Hello, Dolly! en un antiguo televisor. Sin embargo, es de suponer que, por fuera de la pantalla, a un robot con estas características le sería realmente ajeno todo lo referente a las personas. Dejando de lado los preconceptos que adquirimos en el cine, la TV y la literatura, éste es un escenario muy factible para la evolución de los robots. Ellos no estarían preocupados en lo más mínimo por nuestra existencia y tendrían sus propios objetivos. En términos humanos, no serían ni buenos ni malos sino indiferentes…

Seguramente los primeros robots inteligentes cumplirán con nuestras órdenes, sean cuales fueran. Pero en cuanto alcancen una capacidad de razonamiento similar a la humana (y recordemos que hay predicciones que ubican ese hito en la década de 2020) evolucionarán exponencialmente y sus intereses divergirán de los nuestros. Rápidamente se dedicarán a sus objetivos, los cuales no tendrán en cuenta a las personas. ¿Qué consecuencias tendrá esto? Podemos hacernos una idea mediante una analogía.

Actualmente el homo sapiens es la especie dominante de la Tierra. Aunque el resto de los seres vivos están subordinados a sus actos, en general los seres humanos no tienen un particular interés en dañarlos. Pero ¿qué sucede cuando uno de esos seres vivos interfiere con los objetivos de una persona? Incluso cuando ese estorbo no implique un peligro para el humano. Supongamos que alguien va por una ruta conduciendo su automóvil y repentinamente se le cruza un cuis. Seguramente tratará de esquivarlo pero, si no lo logra y lo mata, es muy probable que lo lamente durante unos instantes y después siga tranquilamente con su vida. Y el pobre cuis ni siquiera pudo entender qué cosa era ese monstruo metálico con cuatro patas redondas ni las motivaciones del otro animal que lo montaba. En definitiva, esta persona no tenía ninguna intención de matar al cuis, pero cuando sin querer le pasó por encima no se preocupó demasiado.

No hay que ser muy imaginativo para entender que, si los autómatas evolucionan hasta convertirse en los seres dominantes del planeta, los humanos podríamos transformarnos en sus cuises. Esos robots no tendrían las malvadas motivaciones de un Terminator, pero podrían ser mucho más riesgosos para los intereses e incluso la supervivencia de la especie humana.

Sin embargo, no es necesario esperar a que los robots sean inteligentes para que se manifiesten estos peligros. Los autómatas actuales, por ejemplo los que se usan en una cadena de montaje para ensamblar automóviles, son totalmente indiferentes respecto de las personas. Están programados para cumplir con un trabajo y si por accidente un trabajador se interpone en su tarea, éste puede resultar lastimado e incluso puede morir. En cambio, si el trabajo lo realizara otro hombre, sin dudas trataría de evitar el accidente.

Robots industrialesPor otra parte, a los robots industriales no les preocupan los puestos de trabajo que se pierden como consecuencia de su proliferación. Hasta ahora, cuando las máquinas reemplazan a los trabajadores en alguna tarea, se generan otras más complejas que son aprovechadas por trabajadores más especializados. Esto genera una transformación del trabajo pero no lo elimina (claro que en el proceso mucha gente queda excluida). Pero puede llegar el día en que todo, incluso las tares intelectuales, pueda ser hecho por autómatas hasta el punto en que no nos quede ningún trabajo por hacer. Y ese momento podría no estar muy lejos; recordemos que Watson está estudiando medicina. De nuevo, los robots nos son malos sino indiferentes a la suerte de las personas…

Estos robots industriales pueden generar una catástrofe laboral, que no es más que la evolución de los problemas sociales de siempre transformados por las nuevas tecnologías. Todavía no tienen inteligencia y mucho menos autonomía, por lo que la responsabilidad por las consecuencias negativas sigue siendo de los propios hombres. Sin embargo, cuando los autómatas adquieran inteligencia, tendremos problemas de otra índole. En ese momento tendrán sus propios intereses y podrían evolucionar hasta que sus objetivos sean ininteligibles para nosotros. Entonces, lo que hagan no tendrá más sentido para los humanos que el automóvil a 150 km/h para el cuis.

No debemos tener una idea antropocéntrica de los robots ya que no hay motivos para que tengan características humanas. Realmente no tienen por qué cumplir con el test de Turing ni es necesario que tengan sentimientos o reacciones similares a las nuestras. Incluso podrían no ser correctos los postulados de la IA fuerte en cuyo caso ni siquiera tendrían conciencia.

Aun sin entender sus objetivos, parece natural pensar que las máquinas serán indulgentes con los humanos en tanto y en cuanto no compitamos por los recursos. Basándonos en el estado actual de las cosas, esta disputa no tendría por qué suceder: nosotros consumimos alimentos y los robots energía eléctrica. Pero, si esto llegara a pasar (ya existen máquinas que utilizan azúcar para extraer de allí la energía que necesitan para sus baterías) parece desprenderse que los robots no dudarían en exterminarnos. Después de todo, según nos enseña el darwinismo, siempre sobrevive el más apto…

Sin embargo, esta línea de pensamiento adolece de dos errores conceptuales. En primer lugar cae en el antropocentrismo al pensar que una máquina actuaría como lo haría un ser humano. Una inteligencia artificial no tiene por qué ser agresiva con nosotros, no es necesario que sienta ira o que odie y ni siquiera tiene por qué tener instinto de preservación (no hay que olvidar que se desarrollarán sin atravesar ningún proceso de selección natural). Por otra parte, la teoría de la evolución no postula que una especie extermina a otra que la molesta, sino que es el entorno el que hace que la mejor adaptada subsista y la menos adaptada pueda eventualmente desaparecer.

De todos modos, el verdadero peligro sí es de índole darwiniana. Dado que los robots serían indiferentes a nosotros, sus objetivos podrían ser absolutamente perjudiciales aun cuando no tuvieran la intención de hacernos daño. Supongamos por ejemplo que, por algún motivo que nos sea absolutamente inescrutable, necesiten usar todo el oxígeno que hay en la atmósfera (y que ellos no precisan para respirar). Podrían utilizarlo sin miramientos y en consecuencia nos extinguiríamos al instante, conjuntamente con el resto de los seres vivos. Esto no debería asombrarnos: desde que el ser humano es amo y señor de la Tierra (apenas un instante comparado con el tiempo de existencia de la vida) se han extinguido miles de especies como consecuencia directa o indirecta de nuestro accionar.

Así funcionó siempre la evolución y, si éste fuera el modelo que se avecina, sin duda se acabaría nuestro reinado sobre la Tierra y tal vez nuestra existencia también. La evolución daría el salto desde el carbono al silicio y nada cambiaría como no cambió cuando se extinguieron los dinosaurios que poblaron la Tierra durante mucho más tiempo que nosotros.

Sería también el fin del reinado de miles de millones de años del ADN. Después de todo, no cabe duda de que la naturaleza sí que es indiferente.

Máquinas inteligentes 2: Robots “malos”

Terminator T-800

Terminator T-800

El modelo robots malos es un clásico de la ciencia ficción. Esto no debería sorprendernos ya que remite a un viejo temor: el complejo de Frankenstein, en el que una criatura artificial se vuelve contra su creador y lo ataca. Son innumerables los ejemplos en los que la literatura y el cine abordan este tema y sin dudas el Terminator T-800 de Arnold Schwarzenegger es el paradigma del robot cruel y sin ningún tipo de sentimientos ni de límites morales.

La calificación de bueno o malo es, desde ya, subjetiva y responde a los intereses particulares de quien la enuncie. No se trata de imaginar un autómata malo por la maldad misma, como podría serlo el villano de un comic, sino uno que genere daño por algún motivo en particular. Tal vez el objetivo final de un robot sea beneficioso para la humanidad, pero para alcanzarlo deba realizar acciones que lastimen o perjudiquen a una o varias personas. El problema es que la moral humana (que, digámoslo, tampoco es universal ni absoluta) no tiene por qué estar presente en una inteligencia artificial y, tratando de cumplir con un objetivo prefijado, podría no hacer diferencias entre un tierno bebé que bloquea el camino y un tanque enemigo.

Se puede pensar en robots concretamente creados para matar personas, como los villanos de la saga Terminator. En este caso, son fabricados con el objetivo de hacer daño, es decir que sus creadores son los responsables finales de esta conducta. Pero también puede haber inteligencias artificiales que evolucionen hasta tener la capacidad de rebelarse contra los hombres, como los replicadores de Blade Runner. Sus creadores no tienen como objetivo que sus criaturas sean peligrosas, pero éstas se desarrollan hasta poder hacerles frente como una forma de preservar su existencia (como en Blade Runner) o por cualquier otra razón. Todos estos ejemplos son más probables que los robots de la película Inteligencia artificial de Steven Spielberg, que aceptan mansamente su humillación y destrucción en esa suerte de circo romano en donde los aniquilan. Es que tal vez los primeros robots no puedan o no sepan defenderse, pero es difícil imaginar que más adelante sigan sin hacerlo. No hay motivos para que la inteligencia artificial quede anclada por siempre a las leyes de la robótica de Asimov.

Por otra parte, el avance exponencial de la tecnología hará que finalmente los autómatas estén al alcance de todos e, incluso, que cualquiera pueda fabricarse uno. En realidad, este concepto de “hágalo usted mismo” es un problema que trasciende a la inteligencia artificial y es factible que en algún momento cualquiera pueda tener su propia bomba atómica de bolsillo. ¿Cómo se interpretará la segunda enmienda respecto de los robots asesinos? ¿Qué opinará la Asociación Nacional del Rifle?

Todas estas observaciones son válidas independientemente de si se puede o no emular la mente humana, como sostienen los partidarios de la IA fuerte. De hecho, el T-800 no tenía conciencia de sí mismo. Tal vez, si se puede reproducir la conciencia en un robot, éste pueda tener empatía y moral, aunque siempre se podrá construir otro que no las tenga.

Sin embargo, en la actualidad el motivo más concreto por el cual es básicamente imposible que los autómatas no hagan daño a los humanos es que, como para la mayoría de los adelantos tecnológicos, la delantera la lleva el sector militar. Muchos de los robots actuales están pensados con fines bélicos, es decir con capacidad para lastimar, destruir, torturar, matar… Y, si bien la vanguardia la lleva Estados Unidos, son muchos los países que están desarrollando armas robóticas. Además, es paradójico pero aun para los robots estadounidenses el hardware proviene de China y el software de la India.

PackBot

PackBot

Hoy en día existen muchos más desarrollos para la guerra de lo que la mayoría de las personas imagina. Los que tienen más prensa son los aviones no tripulados conocidos como drones. En un principio se trataba de pequeños aparatos a control remoto, pero posteriormente evolucionaron a robots autónomos con inteligencia propia que pueden tomar decisiones según las condiciones y en función de un objetivo. Por su parte, los PackBots son robots diseñados para identificar y desactivar bombas. Están desarrollados por la compañía iRobot, que paradójicamente tiene el nombre del libro de Asimov (también comercializa la aspiradora robótica Roomba). Actualmente son los robots más utilizados por el ejército de los Estados Unidos.

Los números son concluyentes: cuando comenzó la Guerra de Irak en 2003, Estados Unidos tenía unos pocos drones y ningún sistema terrestre no tripulado. Para 2009 las cifras ya eran 5300 y 12.000 respectivamente. Es decir, definitivamente no se trata de ciencia ficción sino de una realidad con la que conviven todos los días los soldados estadounidenses.

BigDog

BigDog

Otro desarrollo sorprendente es BigDog, un robot fabricado por la compañía Boston Dynamics con fondos de DARPA. Se trata de un robot de carga para uso militar con cuatro patas que le permiten andar a través de los terrenos más dificultosos. La visión de este autómata es la vez terrorífica (por su aspecto monstruoso y el ruido infernal) y fascinante (por el increíble desarrollo tecnológico). BigDog hace lo que para cualquier niño de más de tres años es natural pero para una criatura artificial era, hasta ahora, inimaginable: caminar sobre terrenos complicados y, en tiempo real, calcular cualquier tipo de desbalanceo y corregirlo gracias a sus reflejos. Es impresionante verlo caminar sobre hielo y, después de patinar y hacernos creer que no podrá mantener el equilibrio, lograr estabilizarse y seguir la marcha con los nuevos parámetros asimilados. También consigue reestablecer el equilibrio después de recibir un fuerte empujón, es decir sufrir un cambio abrupto de las condiciones externas. Los seres humanos hacemos todo esto sin siquiera saber cómo lo logramos; simplemente sabemos hacerlo. Se pueden encontrar muchos videos de BigDog en youtube en donde se lo ve mostrando las capacidades descriptas. Varios desarrollos más de Boston Dynamics se pueden apreciar en su página en youtube. Vale la pena verlos. Es difícil no imaginar caballos, toros, perros, chitas, insectos y hasta personas caminando. Y es más difícil aún no sentir cierto estremecimiento al comprobar que el futuro ya llegó y que sólo falta un poco más de desarrollo y la posterior masificación.

Hay que tener en cuenta que ninguno de estos robots es inteligente al nivel de un ser humano; no son sistemas autónomos armados con plena autoridad para usar la fuerza. Pero, por supuesto, es sólo cuestión de tiempo. ¿Qué tan grande será su poder el día en que sí estén en condiciones de tomar decisiones propias? BigDog puede impresionar, pero estamos claramente en pañales. ¿Cómo serán estos robots en 10 o 20 años?

Peter Warren Singer es un experto en guerra robótica y trabaja en el área de defensa del Gobierno de Obama. En febrero de 2009, en una charla en TED, expuso varios conceptos interesantes. Según Singer, las nuevas armas están cambiando la noción de la guerra como nunca antes. Se trata de un cambio de paradigma ya que no sólo se modifica el cómo sino que también el quién. En el pasado, cada arma era más destructiva y eficiente que las anteriores, pero siempre seguía habiendo soldados que tenían que manejarlas en el frente de combate. Ahora está cambiando esa situación y el soldado (a quien Singer llama guerrero de cubículo) puede estar cómodamente sentado en su living como jugando a un videojuego. Un soldado que fue a la guerra de Irak sin salir de Nevada lo describe así: “Vas a la guerra durante 12 horas, disparás a los blancos, matás directamente a los enemigos, luego tomás tu coche, conducís hasta tu casa y en 20 minutos estás sentado en la mesa hablando con tus hijos de sus tareas”. El problema es que, aunque parezca un videojuego en el cual se ganan puntos manipulando el joystick, del otro lado hay personas reales muriendo.

También menciona que todo puede convertirse en entretenimiento y que, por ejemplo, se pueden ver videos en youtube con cuerpos volando por los aires y un fondo musical alegre. Los soldados llaman a esto pornografía bélica. Se ve más pero se sufre menos y se crea un desequilibrio en la relación del público con la guerra.

Es interesante la reflexión que Singer pone en boca de un editor de noticias libanés: “Esto es otra muestra de la insensibilidad de los israelíes y los americanos, que son cobardes porque envían máquinas a luchar contra nosotros”. “No quieren luchar contra nosotros como hombres de verdad, pero tienen miedo de luchar, así que es suficiente matar a algunos de sus soldados para derrotarlos”.

Otro problema es que los robots pueden fallar y Singer cuenta cómo un autómata se volvió loco en una demostración y comenzó a disparar contra los espectadores, aunque por suerte las armas no estaban cargadas. Singer no lo comenta en su charla, pero son conocidos los daños colaterales ocasionados por drones que se equivocan.

Termina preguntándose si vamos a cometer el mismo error de la generación de la bomba atómica que no reaccionó hasta que la caja de Pandora estuvo abierta. Dicho interrogante coincide con el enfoque de este blog: ¿Podemos dejar que el futuro siga su marcha tranquilamente y que los robots malos prevalezcan sobre los buenos? Singer postula lo que es un conocido lugar común, que la agresividad está en la naturaleza humana. El problema es que estamos en una encrucijada en la cual, justificando esa agresividad como natural, nos exponemos a nuestra destrucción.

Máquinas inteligentes 1: Robots “buenos”

R2D2 y C3PO

R2D2 y C3PO

¿Estamos listos para convivir con máquinas inteligentes? ¿Qué pasará cuando existan robots que puedan interactuar con nosotros de igual a igual? Este es un tema sobre el que hay que pensar seriamente porque ese momento está muy cerca y lo más probable es que la mayoría de las personas que hoy en día están vivas lleguen a presenciarlo.

Una vez superado el test de Turing, estaremos en un nuevo estadío en el cual el objetivo ya no será que una inteligencia artificial pueda engañarnos para parecer un ser humano. En ese momento las posibilidades se ampliarán y las máquinas podrán demostrar capacidades que las distingan de los humanos; es decir, se dejará de cumplir el test de Turing porque ellas harán muchas cosas mejor que nosotros. Cuando un individuo multiplique dos cifras de veinte dígitos en milésimas de segundo, en seguida sabremos que se trata de un robot por más aspecto humano que pudiera tener.

Hay varios escenarios posibles. En primer lugar se puede pensar en robots buenos, es decir inteligencias artificiales que respeten a sus creadores humanos y que no entrañen ningún peligro para ellos, al estilo de R2D2 y C3PO de La Guerra de las Galaxias. En este contexto, las máquinas se constituyen en una casta de sirvientes que sólo están al servicio de las necesidades de las personas. Es indistinto si los postulados de la IA fuerte son correctos o no: los robots podrían tener conciencia (si ésta fuera emulable por un algoritmo) o simplemente podrían actuar como si fueran inteligentes aunque sólo sean programas, pero a los efectos del comportamiento final no habría ninguna diferencia para nosotros.

Isaac Asimov especuló sobre esto en su serie de cuentos sobre autómatas. Allí plantea sus famosas tres leyes de la robótica:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por medio de la inacción, permitir que un ser humano sea dañado.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes recibidas por las personas excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no sea incompatible con la primera o la segunda ley.

En caso de violar una de estas normas, el cerebro positrónico del robot se dañaría irreversiblemente provocándole la muerte. Este abordaje es interesante y tranquilizador pero parece difícil de implementar. De hecho, el mismo Asimov jugó en sus cuentos con situaciones en las que sus leyes entran en conflicto y provocan comportamientos no deseados ni esperados por parte de los robots. ¿Qué pasa cuando hay más de un humano en peligro y para salvar a unos se debe perjudicar a otros? Y si una persona quiere suicidarse ¿es forzoso impedírselo? En realidad, no es más que una actualización de las cuestiones éticas de siempre en el marco de un contexto completamente nuevo.

Asimov amplió más tarde su modelo agregando la ley 0. Esta afirma que un robot no puede hacer daño a la humanidad o, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño. Esta regla plantea cuestiones éticas más profundas todavía. ¿Quién define qué cosa es un daño para la humanidad? Lo que en un lugar y una época está aceptado y es de sentido común, en otro contexto no lo es. ¿El estilo de vida occidental es lo que le conviene al ser humano? ¿Pensarán lo mismo en el mundo musulmán? Que millones de personas no dispongan de las condiciones mínimas de subsistencia ¿no es un daño a la humanidad? ¿Los autómatas se verían obligados a hacer algo al respecto? Si la inteligencia artificial hubiera logrado el desarrollo necesario en el siglo XIX y se hubiera implementado en el sur de los Estados Unidos ¿los robots entenderían que la esclavitud es mala y la combatirían? ¿O más bien, según la moral de ese contexto, serían programados para juzgarla como algo beneficioso para la humanidad? Seguramente no serían negros quienes diseñaran esos programas… ¿Y en la Alemania nazi? Tal vez el concepto de robot bueno incluiría acciones que favorecieran el predominio ario, en línea con la ideología imperante. Parece que el problema ético es insoslayable.

Sin embargo, estas disquisiciones filosóficas no plantean el verdadero problema del escenario robots buenos. Es desde la perspectiva del avance tecnológico en donde esta alternativa se hace más difícil de aceptar. Es posible imaginar robots primitivos que se adapten a estas limitaciones pero, a medida que evolucionen en forma exponencial, más temprano que tarde van a poder liberarse de esas restricciones. Podemos pensar en robots buenos durante unos años, tal vez décadas. Pero ¿qué pasará con sus sucesores de dentro de cincuenta o cien años? ¿Es realmente creíble que sigan siendo dóciles y amigables por los siglos de los siglos tan sólo porque unas líneas de código lo ordenan? Parece poco probable…

Incluso, en muchas historias de ciencia ficción se especula con que los robots además de ser buenísimos querrán parecerse más y más a los humanos, en una vuelta de tuerca del clásico cuento Pinocho.

Andrew Martin

Andrew Martin

En El hombre bicentenario (basada en uno de los cuentos de robots de Asimov) un Robin Williams de hojalata sufre durante doscientos años porque quiere y no puede convertirse en un ser humano. Andrew es fabricado en 2005 y, en un principio, es propiedad de un hombre. Primero consigue su libertad y posteriormente lucha por lo que él considera lo más importante: ser reconocido como una persona más. Para ello tiene que parecerse en todo a los humanos e incluso debe ser mortal. Con el paso de los años los avances tecnológicos logran transformarlo en algo cada vez más parecido a una persona y finalmente, cuando logra ser mortal, es declarado legalmente un ser humano… Es difícil pensar que un robot quiera morir. Más probable es que los humanos aspiremos a la inmortalidad.

Por su parte, el adorable David de la spilbergiana Inteligencia artificial sueña durante ¡2000! años con el amor de su madre adoptiva humana, para lo cual busca sin descanso al hada azul que lo transforme en un niño.

Incluso hay historias de robots que creen que son humanos y hasta odian a sus congéneres, como sucede en el episodio The lateness of the hour de la serie de culto de los ’60 La dimensión desconocida.

No creo que cuando la inteligencia artificial esté madura las cosas se desarrollen como en estas historias. Más bien pienso que la idea de robots necesariamente buenos es una posibilidad remota. Por más esfuerzos que se hagan, en algún momento aparecerá alguien (ya sea una persona o un robot) que creará una inteligencia artificial que no esté dispuesta a aceptar órdenes. Y esa inteligencia artificial podrá ser peligrosa para la humanidad o simplemente pretenderá tener un status similar al nuestro (si los adherentes a la IA fuerte tienen razón y las máquinas adquieren conciencia).

Tal vez, como ante tantos desafíos en el pasado, se trate de legislar e implementar modificaciones acordes con el progreso (los semáforos son consecuencia de los automóviles) aunque frente a semejante cambio de paradigma sin dudas eso no alcanzará. No es probable una ley de alcance mundial que mande: “Queda prohibida la fabricación de robots malos“.